Te llamabas Emma

Te llamabas Emma y eras mi abuelita. Tenías 96 años, 226 días y te moriste el sábado pasado. Naciste en Sabinas Hidalgo y me contaste que de joven, cuando vivías ahí, te ibas a pasear en una camioneta roja al centro del pueblo junto con tus hermanos. Eras rubia, blanca, de ojos verdes y nariz pequeña. Te casaste a los 15 años y enviudaste 15 años después. No volviste a casarte, pero recuerdo que tuviste un novio con el que viajabas mucho. Tuviste 5 hijos, 14 nietos y 19 bisnietos.

De alguna manera pasaste de coser ajeno a ser jefa de Nutrición del IMSS y dicen que cuando te jubilaste hicieron una misa y fue tanta gente como nunca había visto el sacerdote, porque toda la gente con quien trabajabas te quería y te recordaron con cariño durante muchos años.

Te gustaba Juan Gabriel y fuiste a verlo en vivo varias veces. En las fiestas ponías su música y bailabas. Andabas siempre arreglada y te sentabas con la espalda recta, sonriendo. Siempre quisiste que yo fuera también una dama. Me enseñabas sin éxito a bajar la escalera, a sentarme y a levantar el dedo chiquito cuando agarraba una taza. Cuando era niña nos dormíamos agarradas de la mano, sin soltarnos en toda la noche y me enseñaste a rezar una oración a la Virgen de Santa Gertrudis, que nadie sabe quién es.

Sobreviviste la muerte de dos de tus hijos, no sé cómo. A los dos los tomaste de la mano mientras morían y no te vi derrumbarte, pero sí rezar mucho y ahora entiendo que era otra forma de llorar.

Te veías tan dulce que a veces no parecía que tenías un carácter fuerte. Una vez fuiste a Benavides y cuando saliste había un carro idéntico al tuyo, al que te subiste por error. Cuando viste al conductor, en lugar de asustarte, lo regañaste preguntándole qué era lo que hacía en tu carro y él te preguntó qué hacías tú en su carro. Escribiste esta historia en una de las libretas que guardabas en tu cuarto y yo te decía que la mandaras a Selecciones para que la publicaran, pero nunca lo hiciste.

Nos diste las mejores navidades, excepto cuando nos hacías rezar el rosario y los que podíamos nos escapábamos a escondidas a fumar en la banqueta.

Perdiste la memoria y la noción del tiempo hasta que ya no nos reconocías, preguntabas por tu mamá, pensabas que tenías 35 años y que estabas embarazada. Te entró el amor. Abrazabas y besabas a quien se pusiera cerca de ti. La última vez que te vi me pedías besos y más besos, y yo te besé hasta que te cansaste y te quedaste dormida.

Fuiste haciéndote chiquita, hasta que ya no cabías en ese cuerpo. Despacito, de a poquito, como olvidando todo lo que habías aprendido en este mundo – a escuchar, a hablar, a comer- y fueras regresando al vientre materno para volver a nacer. Y así te fuiste, de a poquito, respirando cada vez menos, hasta que dejaste de hacerlo. Tuviste una muerte tranquila, rodeada de amor.

Te voy a extrañar hasta que te vuelva a ver.